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La ciencia del miedo

La ciencia del miedo | Láman Carranza
Política
Sociedad
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Lamán Carranza
October 28, 2026
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Con la llegada de Halloween y el Día de Muertos, vale la pena detenerse a pensar en una pregunta curiosa: ¿podemos tenerle miedo a algo que ni siquiera existe? La respuesta, según explica el programa “La ciencia del miedo”, es que sí, y la razón tiene que ver con cómo funciona nuestro cerebro.

El mismo ruido, dos reacciones distintas

Imagina que estás en tu casa, son las tres de la tarde, y escuchas un ruido en la cocina. Probablemente no le darías importancia; pensarías que algo se cayó. Pero si ese mismo ruido ocurre a las tres de la mañana, la reacción cambia por completo: hasta las ganas de ir al baño se te quitan. Empiezas a imaginar que alguien entró a la casa, que hay una persona escondida o que ronda un fantasma.

El ruido es idéntico en ambos casos. Lo que cambia es la historia que el cerebro construye para explicarlo.

Un mecanismo de supervivencia heredado

Este comportamiento tiene raíces evolutivas. Nuestros antepasados caminaban por el bosque y escuchaban ruidos entre los árboles que podían ser el viento o un animal peligroso. Si asumían que se trataba de un depredador y en realidad era solo el viento, el costo era apenas un susto. Pero si suponían que era el viento y resultaba ser un depredador, las consecuencias podían ser fatales.

Por eso desarrollamos mecanismos para reaccionar con rapidez ante posibles amenazas: durante mucho tiempo, para sobrevivir, fue más importante reaccionar rápido que tener razón.

En este proceso interviene una estructura cerebral llamada amígdala, encargada de participar en nuestras respuestas de miedo. Cuando percibimos peligro, el cuerpo se prepara de inmediato: el corazón se acelera, los músculos se tensan y reaccionamos incluso antes de comprender del todo qué está ocurriendo.

Cuando el cerebro completa lo que no alcanza a ver

El cerebro no funciona como una cámara que registra fielmente la realidad; también interpreta lo que percibe. Un ejemplo cotidiano lo ilustra bien: dejas una chamarra colgada en una silla, apagas la luz y, al volver a entrar al cuarto, parece que hay alguien sentado ahí. Al encender la luz, descubres que el “fantasma” era la chamarra.

Lo que ocurrió es que el cerebro contaba con poca información —una sombra, una forma extraña, una habitación oscura— y completó lo que no alcanzaba a distinguir con claridad. Y se equivocó. El miedo sentido fue real, aunque lo que se imaginaba no lo era.

La parálisis del sueño: ciencia detrás de los “espíritus”

Existe otro fenómeno todavía más revelador. Algunas personas despiertan durante la madrugada y descubren que no pueden moverse. Están conscientes, reconocen su habitación, pero sienten que algo las inmoviliza; algunas incluso perciben que hay alguien junto a su cama.

Durante siglos, experiencias como esta alimentaron historias de espíritus y apariciones. Hoy se conoce como parálisis del sueño: ocurre cuando la persona despierta, pero su cuerpo conserva por unos momentos la inmovilidad muscular propia de una fase del sueño. Es un recordatorio de que podemos sentir algo como absolutamente real y, al mismo tiempo, equivocarnos por completo al explicar qué lo provocó.

¿Por qué pagamos por sentir miedo?

Si el miedo es tan desagradable, resulta curioso que paguemos por experimentarlo: vamos al cine a ver películas de terror, entramos a casas embrujadas y nos subimos a montañas rusas, y aun así salimos diciendo que la pasamos muy bien.

La explicación está en la diferencia entre estar en peligro real y sentir miedo sabiendo que estamos relativamente seguros. Aparece el monstruo en la pantalla, pegamos un brinco y, dos segundos después, nos reímos. De esta forma convertimos un mecanismo de supervivencia en entretenimiento.

Halloween y Día de Muertos: dos formas de mirar lo mismo

México vive estas fechas con una relación particular. Mientras Halloween juega con el misterio y el terror, el Día de Muertos invita a recordar. Se ponen flores, fotografías y los platillos que disfrutaban los seres queridos que ya no están, en un gesto profundamente humano: mantenerlos presentes a través de la memoria.

La certeza que construimos con poca información

Volviendo a la casa silenciosa de las tres de la mañana: escuchas un ruido, el corazón se acelera y, en cuestión de segundos, el cerebro ya construyó toda una historia para explicarlo, aunque en realidad todavía no se sepa qué lo produjo.

Este patrón no ocurre solo con los fantasmas. También sucede cuando escuchamos un rumor, cuando juzgamos a alguien sin conocerlo o cuando creemos una historia simplemente porque coincide con lo que ya pensábamos. Lo fascinante —y preocupante— es que podemos sentir una enorme certeza incluso cuando tenemos muy poca información.

La próxima vez que un ruido extraño interrumpa la madrugada, antes de pensar en llamar a un cazafantasmas, vale la pena revisar si no quedó una ventana abierta. Durante millones de años aprendimos a temer lo que se escondía en la oscuridad; lo curioso es que todavía nos cuesta reconocer que, muchas veces, lo que hay ahí dentro es solo producto de nuestra propia imaginación.

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