El poder y sus consejeros incómodos
Lamán Carranza
Maquiavelo nunca gobernó un país. No firmó decretos, no encabezó ejércitos, no administró presupuestos. Y, sin embargo, pocos autores entendieron tan bien la soledad y los peligros del poder.
Quizá por eso se le deformó tanto. Con el tiempo, “maquiavélico” terminó siendo sinónimo de manipulación y cálculo frío. Pero esa lectura es cómoda e injusta. Maquiavelo no incomodó porque enseñara a mentir, incomodó porque se atrevió a mirar el poder de frente, sin adornos. Lo observó, nada más.
Una de sus advertencias no ha envejecido: ningún príncipe gobierna solo. Todo poder escucha a alguien. A veces a quienes saben; otras, a quienes aplauden. La pregunta de fondo es otra: ¿quiénes son esos consejeros?, ¿qué se atreven a decir?, ¿cuánto margen tienen para llevar la contraria?
Hoy, uno de los consejeros más incómodos del poder se llama ciencia.
La ciencia no está hecha para complacer. No dobla sus resultados para acomodarlos a una consigna. Mide, duda, se corrige y vuelve a preguntar. El problema surge cuando gobiernos e instituciones prefieren el eco sobre la evidencia. La señal no siempre está en lo que dicen, sino en lo que postergan: la inversión en conocimiento, la educación científica, la innovación, las capacidades que rinden fruto a largo plazo.
El contraste entre México y Corea del Sur sigue siendo útil porque sigue doliendo. Hace medio siglo andaban en niveles de ingreso parecidos. Hoy Corea es una potencia tecnológica e industrial. México sigue discutiendo diagnósticos que ya conoce y tratando al conocimiento más como adorno que como columna vertebral de su desarrollo. No fue magia ni destino. Fue una decisión sostenida en el tiempo.
No nos falta inteligencia. Nos falta continuidad para convertirla en bienestar concreto.
Maquiavelo escribió que quien no es sabio por sí mismo difícilmente puede ser bien aconsejado. Un líder que desprecia el conocimiento pierde algo grave: la capacidad de distinguir entre quien le dice la verdad y quien simplemente lo está contentando. Y cuando el poder confunde verdad con aplauso, el costo no lo paga el príncipe. Lo paga la sociedad entera.
México no necesita príncipes rodeados de espejos. Necesita liderazgos capaces de escuchar a sus consejeros incómodos: científicos, periodistas, académicos, ciudadanos con información. Voces que no existen para complacer al poder, sino para obligarlo a pensar con más cuidado.
La historia es severa con los príncipes que confundieron elogio con verdad. Pero es todavía más severa con las sociedades que dejaron de exigirles que pensaran.
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