¿Y si el mundo no se está acabando?
Lamán Carranza
En México, los promedios nacionales pueden esconder desigualdades enormes. Una mejora estadística no significa que haya llegado a todas las comunidades, mucho menos que sirva para justificar una tragedia…
En Cándido, Voltaire se burló de quien insistía en vivir en el mejor de los mundos posibles, incluso frente a terremotos, guerras y desgracias. Tres siglos después parece que inventamos a su gemelo pesimista: alguien convencido de vivir en el peor de los mundos posibles, incapaz de reconocer una buena noticia sin encontrarle una catástrofe.
Motivos para preocuparse sobran: guerras, desigualdad, crisis climática. Pero una tragedia no demuestra que todo empeore, como tampoco un descubrimiento científico significa que vivimos en el paraíso. Lo curioso es nuestra facilidad para convertir las impresiones en certezas y después seleccionar cuidadosamente los hechos que nos dan la razón.
En 1990 morían 94 de cada mil niños antes de cumplir cinco años; en 2024 fueron 37, según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). Detrás de esa reducción hay millones de vidas que pudieron continuar. No significa que hayamos resuelto la mortalidad infantil, pero sería absurdo negar uno de los mayores avances de nuestra historia porque todavía quedan problemas por resolver.
Con la pobreza ocurre algo semejante. El Banco Mundial registra una reducción histórica de la pobreza extrema desde 1990, aunque cientos de millones de personas continúan padeciéndola. Ambos hechos merecen atención, pero preferimos elegir uno: el que mejor se acomode a nuestras convicciones. Así, los datos terminan convertidos en argumentos para defender aquello que ya pensábamos.
Un terremoto destruye una ciudad en minutos; reducir la mortalidad infantil exige décadas de vacunas, saneamiento e investigación. Una muerte conmueve, mientras que una muerte evitada difícilmente se convierte en noticia, quizá por eso recordamos mejor las desgracias que aquellas que conseguimos impedir.
El optimismo complaciente y el pesimismo absoluto tienen algo en común: ambos nos ahorran el trabajo de pensar. Si todo marcha bien, ¿para qué exigir resultados? Si todo está perdido, ¿para qué intentarlo? Dos posiciones aparentemente opuestas que terminan ofreciendo la misma comodidad: evitar las preguntas incómodas sobre lo que funciona, lo que fracasa y quién debe responder.
En México, los promedios nacionales pueden esconder desigualdades enormes. Una mejora estadística no significa que haya llegado a todas las comunidades, mucho menos que sirva para justificar una tragedia. El progreso se mide con datos, pero la responsabilidad no se diluye en los promedios.
Voltaire desconfiaba de las certezas que sobreviven a cualquier evidencia. Nosotros deberíamos hacer lo mismo. Actualizar el mapa no consiste en pintarlo de rosa ni de negro, sino en reconocer lo que mejoró, identificar lo que empeoró y preguntarnos por qué seguimos tolerando problemas cuyas soluciones ya conocemos. Después de todo, quizá el mayor obstáculo para mejorar el mundo sea nuestra necesidad de tener siempre la razón.
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