Después del discurso
Lamán Carranza
Las dos declaraciones permiten ver con bastante claridad la distancia que existe entre hacer política y gobernar
Ayer la presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que México analiza comprar más productos a Estados Unidos y reducir importaciones provenientes de otros países, parece que la petición viene de Washington, pues el gobierno estadunidense quiere disminuir su déficit comercial con México y el tema ya está dentro de las conversaciones rumbo a la revisión del T-MEC.
Veinte días antes, durante su segundo informe, la presidenta había utilizado una fórmula mucho más contundente: “La soberanía no se negocia, no se entrega y no se comparte”. También habló de cooperación sin sometimiento y de una relación con otras naciones sin renunciar a nuestros principios.
Las dos declaraciones permiten ver con bastante claridad la distancia que existe entre hacer política y gobernar.
No porque sentarse a negociar con Estados Unidos signifique entregar soberanía, sería absurdo plantearlo así. México y Estados Unidos tienen una relación económica demasiado profunda como para administrar sus diferencias a base de declaraciones. El asunto interesante es que el lenguaje político suele borrar precisamente esa complejidad.
Decir que algo “no se negocia” transmite firmeza, pero gobernar, en cambio, consiste muchas veces en negociar sin perder aquello que se considera esencial. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Estados Unidos quiere que compremos más productos suyos y que Norteamérica reduzca su dependencia de proveedores externos. Desde marzo ambos gobiernos acordaron discutir la reducción de importaciones provenientes de otras regiones, junto con reglas de origen y cadenas regionales de suministro.
De esa manera Washington defiende así su industria, pero México tendrá que decidir hasta dónde coincide eso con nuestros propios intereses.
Porque una cosa es fortalecer la producción norteamericana y otra terminar concentrando todavía más nuestras opciones comerciales. Si para reducir la dependencia de Asia aumentamos nuestra dependencia de Estados Unidos, habremos cambiado de proveedor, pero no necesariamente ganado capacidad de decisión.
Soberanía también es tener alternativas: producir aquello que consideramos estratégico, desarrollar tecnología propia y, al mismo tiempo, poder comerciar con Estados Unidos, Europa, Asia o América Latina cuando resulte conveniente para México. Tener más puertas abiertas amplía el margen de un gobierno, pero tener menos lo reduce.
El discurso político puede permitirse decir que nadie condiciona a México. Gobernar obliga a reconocer que las relaciones entre países están hechas precisamente de presiones, intereses, concesiones y límites.
La cuestión es llegar a esas negociaciones con suficientes opciones para que una petición del socio más poderoso no termine convirtiéndose, simplemente por necesidad, en nuestra única salida. Quizá ahí comienza una soberanía menos espectacular para el discurso, pero mucho más útil para gobernar.
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