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¿Por qué los últimos minutos de un partido parecen eternos? Continuación

¿Por qué los últimos minutos de un partido parecen eternos? Continuación | Láman Carranza
Ciencias
Ética científica
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Lamán Carranza
July 15, 2026
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¿Alguna vez has sentido que los últimos cinco minutos de un partido duran una eternidad?

No importa si apoyas a un equipo o al otro. Cuando el encuentro está por terminar y el marcador sigue abierto, ocurre algo muy curioso: miras el reloj una y otra vez, haces cuentas, cruzas los dedos y parece que el tiempo decidió avanzar más despacio.

Entonces surge la pregunta: ¿realmente esos cinco minutos fueron más largos?

La respuesta está en nuestro cerebro.

Nuestro cerebro no funciona como un cronómetro perfecto; en realidad, es un editor de experiencias. Cuando algo nos importa mucho o nos genera tensión, comienza a procesar una enorme cantidad de información.

Cada segundo está lleno de detalles: el movimiento de los jugadores, el sonido del silbato, el marcador, la posibilidad de un gol en cualquier instante o la reacción del público.

Es como si aumentáramos la resolución de lo que estamos viviendo. Cuanta más información procesa nuestro cerebro, más largo parece ese momento.

Este fenómeno no ocurre únicamente durante un partido de fútbol.

Seguramente te ha pasado que, cuando vas con prisa, cada semáforo en rojo parece eterno. O cuando esperas un mensaje importante, revisas el teléfono una y otra vez.

En cambio, cuando conversas con alguien que disfrutas o ves una película que te atrapa, miras el reloj y descubres que ya pasaron dos horas sin darte cuenta.

Hay otro ejemplo que muchas personas experimentan cada año: las vacaciones.

Si haces memoria, cuando eras niño o niña, las vacaciones parecían interminables. Había tiempo para jugar, descubrir cosas nuevas, aburrirse y volver a inventar algo diferente.

De adultos, en cambio, muchas veces sentimos que apenas comienzan... y ya terminaron.

¿Qué cambió?

No fue el calendario.

Cambió nuestro cerebro.

Cuando somos niños, casi todo es nuevo. Cada experiencia despierta nuestra atención y el cerebro almacena una enorme cantidad de recuerdos y detalles.

Con el paso de los años aparecen las rutinas y dejamos de registrar tantas novedades. Es como si el cerebro comprimiera la información para ahorrar espacio.

Por eso, un verano de la infancia suele sentirse mucho más largo que uno en la vida adulta.

En el fondo, es el mismo fenómeno que ocurre durante los últimos minutos de un partido. Cuando algo nos emociona, nos preocupa o nos mantiene completamente atentos, nuestro cerebro abandona el piloto automático y hace que cada segundo parezca más significativo.

Quizá esa sea una buena invitación, especialmente cuando llegan las vacaciones.

Más allá de descansar, vale la pena hacer algo diferente: conocer un lugar nuevo, aprender una habilidad, recorrer una calle que nunca habíamos visitado o simplemente romper con la rutina.

No podemos hacer que el reloj avance más despacio, pero sí podemos lograr que el tiempo se sienta más lleno, más intenso y mucho más memorable.

Porque, al final, el tiempo no siempre transcurre igual para nuestra mente.

Su duración depende, en gran medida, de cuánto logra emocionarnos, sorprendernos o quedarse grabado en nuestra memoria.

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