Las supermáquinas que están cambiando nuestra comprensión del universo
Lamán Carranza
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¿Cuál creen que es la máquina más poderosa que ha construido la humanidad? Muchos pensarán en un cohete espacial… Otros quizá en las supercomputadoras que hoy entrenan inteligencia artificial. Pero existe una máquina aún más impresionante. Una máquina enterrada bajo tierra… De 27 kilómetros de circunferencia.
Está en la frontera entre Francia y Suiza, se llama Gran Colisionador de Hadrones.
Es el acelerador de partículas más grande que se ha construido. Ahí dentro los científicos hacen algo extraordinario: Aceleran partículas diminutas, más pequeñas que un átomo, Hasta velocidades cercanas a la velocidad de la luz. Y luego… las hacen chocar.
¿Para qué hacer algo así?
Porque cuando esas partículas colisionan, durante una fracción de segundo, se recrean las condiciones que existían justo después del nacimiento del universo.
Es decir, en cierto sentido, los científicos están intentando observar cómo se comportaba la materia hace más de 13 mil millones de años. Es una forma de mirar al pasado más profundo del cosmos.
Gracias a este tipo de experimentos, por ejemplo, en 2012 se confirmó la existencia del bosón de Higgs. Una partícula fundamental para entender algo muy básico pero también muy misterioso: por qué la materia tiene masa. Sin ese descubrimiento, nuestra comprensión del universo. Estaría incompleta.
Pero hay algo todavía más impresionante. Cada experimento del acelerador genera cantidades gigantescas de información. Tanta información que ningún ser humano podría analizarla por sí solo.
Por eso estos proyectos trabajan junto con supercomputadoras capaces de realizar trillones de cálculos por segundo. Máquinas diseñadas para analizar datos a una velocidad que supera por mucho la capacidad humana.
Estas supercomputadoras no solo sirven para estudiar partículas. También permiten simular fenómenos gigantescos.
Por ejemplo: Cómo se forman las galaxias, cómo evoluciona el clima del planeta, o cómo se comportan nuevas moléculas que podrían convertirse en medicamentos. En otras palabras, estas máquinas nos permiten experimentar con el universo sin salir del laboratorio. Y algo muy interesante es que muchos avances tecnológicos nacen justamente de estos proyectos científicos.
De hecho, el internet moderno se desarrolló originalmente en el CERN, el laboratorio donde opera el acelerador de hadrones. Los científicos necesitaban compartir enormes cantidades de datos y terminaron creando una tecnología que hoy conecta a todo el planeta.
Es un buen ejemplo de cómo la ciencia básica termina transformando la vida cotidiana.
Hoy el mundo vive una nueva carrera científica. Estados Unidos, China, Europa y Japón están invirtiendo miles de millones de dólares en supercomputadoras, aceleradores de partículas y grandes centros de investigación.
Porque quien domina el conocimiento científico también lidera los avances en inteligencia artificial, energía, medicina y tecnología. En el fondo, estas máquinas son infraestructura del futuro.
Y aquí aparece una pregunta interesante para nosotros.
¿Dónde queda México en esta historia?
Porque detrás de cada supermáquina hay algo más que tecnología. Hay universidades. Hay científicos. Hay inversión en conocimiento.
La historia nos enseña algo muy claro: Cada vez que aparece una nueva gran tecnología, los países que deciden apostar por la ciencia son los que terminan construyendo el futuro. Porque al final, la ciencia no es solo conocimiento.
Es la herramienta más poderosa que tenemos para entender el universo y mejorar la vida en la Tierra.
Y como siempre decimos aquí…
El futuro no se adivina.
El futuro se investiga.
FOTO: El Gran Colisionador de Hadrones (LHC) tiene cuatro detectores de partículas, esta imagen corresponde al CMS. Foto: CERN.
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