La marea no es la IA… somos nosotros
Lamán Carranza
Llevamos meses oyendo “Inteligencia Artificial” como si fuera una profecía. Para algunos es magia. Para otros, una escena de Terminator.
La Inteligencia Artificial es una herramienta que aprende de nosotros, de nuestros datos, de nuestras búsquedas, de nuestras decisiones.
Está en el cajero automático, en el mapa que nos guía por la ciudad,
en la canción que nos recomienda Spotify.
Y mientras discutimos si nos va a reemplazar… hay una alarma real sonando en silencio: Siete de cada diez empresas no encuentran talento. Ojo, no falta gente. Faltan habilidades. Esa es la verdadera noticia.
Vivimos con una sobrepoblación enorme pero con organizaciones que no logran cubrir sus vacantes. No porque no haya manos, sino porque el mundo giró… y nosotros seguimos caminando hacia donde ya no hay camino. Es como tener los barcos más sofisticados jamás construidos, anclados en el puerto… sin marineros que sepan leer el cielo.
La IA no llegó como una noticia. Llegó como el mar cuando sube sin pedir permiso. Y cuando el agua empieza a tocar los pies, uno descubre que el problema no era la ola… sino que no sabíamos nadar.
Primero lo sentimos en el talento. No porque no haya personas capaces, sino porque lo que aprendimos ya no alcanza. Las empresas no buscan más títulos; buscan personas que sepan resolver problemas que todavía no existen. La escuela enseña respuestas. El mercado exige preguntas nuevas.
Después viene la velocidad. Antes una carrera profesional podía sostenerse décadas con el mismo conocimiento. Hoy, lo que sabes… tiene fecha de caducidad. En un mundo que se actualiza cada seis meses, quedarse quieto ya no es estabilidad… es desaparecer.
Y entonces surge una reflexión incómoda: Si nuestra aportación es seguir instrucciones, el algoritmo lo hará más rápido y sin cansancio. Pero si aportamos criterio… intuición… contexto… ahí sigue estando lo humano.
La IA calcula. Nosotros interpretamos. Y la tecnología puede optimizar resultados, pero no entiende consecuencias morales. Puede sugerir. Puede predecir. Puede automatizar. Pero no tiene conciencia. Esa brújula… sigue siendo nuestra.
Y mientras todo esto ocurre, el mundo empieza a dividirse. No entre quienes tienen tecnología y quienes no. Sino entre quienes aprenden a adaptarse y quienes esperan que el pasado regrese. Esa es la verdadera brecha.
El problema no es que la máquina sea inteligente. El problema es que seguimos formando personas para una economía que ya no existe. Seguimos celebrando títulos colgados en la pared… cuando lo que el mundo necesita con urgencia es curiosidad viva.
Porque sí, la inteligencia artificial nos ayuda. Nos acorta tiempos. Nos facilita tareas. Procesos que antes nos tomaban ocho horas, hoy pueden hacerse en cuatro. La pregunta no es si eso es bueno o malo.
La pregunta es: ¿qué vamos a hacer con las cuatro horas que nos quedan? ¿Vamos a llenarlas con más tareas automáticas?
¿O vamos a usarlas para pensar mejor o aprender algo nuevo?
Si la tecnología nos libera tiempo, ese tiempo no puede convertirse en vacío. Tiene que convertirse en evolución. Ahí está el punto. La IA puede acelerar procesos. Pero solo nosotros podemos acelerar nuestra conciencia.
La marea ya está aquí y tenemos dos opciones: Volvernos espectadores… o volvernos aprendices. Porque al final, el verdadero riesgo no es que la máquina piense. Es que nosotros dejemos de hacerlo.
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