¿De quién es México?
Lamán Carranza
Hoy vamos a gritar ¡Viva México! y lo vamos a hacer juntos. Lo hará quien piensa que el país va por buen camino y quien está convencido de lo contrario; el que votó por Morena, por el PAN, por el PRI o por nadie. Durante unos minutos a nadie se le ocurre preguntar si el de junto merece gritarlo, aunque esa certeza nos dure bastante poco.
Al día siguiente regresamos a una conversación pública donde cada grupo parece tener su propio México. Si gobiernan los míos, quienes critican estorban; si gobiernan los otros, todo está mal. A veces preferimos que una decisión fracase con tal de poder decir “se los dije”, aunque el fracaso también nos alcance.
Hace 500 años Maquiavelo escribió sobre algo parecido al estudiar la República romana. Roma estaba llena de pleitos entre quienes tenían el poder y quienes querían limitarlo, pero aquello no le escandalizaba: entendía que una sociedad con intereses distintos produce conflictos y que, bien procesados, esos conflictos pueden terminar en mejores leyes. El problema aparecía cuando cada grupo se preocupaba más por imponerse que por conservar la República que compartía, y es ahí donde el asunto deja de ser historia antigua.
En México nos encanta responsabilizar al gobierno de la polarización, dependiendo de quién gobierne. Tiene responsabilidad, claro, porque desde el poder se puede convocar o dividir, pero sería demasiado cómodo pensar que todo empieza y termina ahí.
Los partidos saben que un enemigo moviliza mejor que una explicación; las redes descubrieron que mantenernos enojados es rentable. Los empresarios pueden exigir un país distinto sin preguntar qué aportan para construirlo; las universidades y los maestros pueden hablar de pensamiento crítico mientras enseñan a repetir certezas, y en las familias aprendemos quiénes son “los buenos” y “los malos” mucho antes de entender por qué. La división mexicana, al final, no vive únicamente en el gobierno: también se sienta a cenar con nosotros.
Hace más de dos siglos decidimos que México no debía pertenecer a una corona extranjera, pero todavía batallamos para aceptar una consecuencia elemental: si México es nuestro, también es de quien piensa lo contrario.
Eso no exige callarnos ni fingir acuerdos. Un país donde todos piensan igual podría quedarse estancado; pero tampoco podemos medir primero quién habló y después decidir si vale la pena escuchar lo que dijo.
Esta noche volveremos a coincidir frente a una bandera, a brindar, a gritar con orgullo y a recordar que pertenecemos al mismo país. Mañana, cuando volvamos a pensar distinto, reflexionemos sobre lo que realmente celebramos: la libertad.
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