¿Y si lo más caro fuera ahorrar en ciencia?
Lamán Carranza
Imaginemos un país que decide ahorrar dejando de invertir en ciencia. Parece sensato: los laboratorios cuestan, los investigadores cobran y, para colmo, nadie garantiza que mañana descubran algo útil. Mejor comprar los descubrimientos de otros. Una estrategia impecable, salvo por un pequeño inconveniente: los otros también cobran y no suelen ofrecer descuentos por falta de previsión.
México conoce bien esta fórmula. En 1990 éramos uno de los siete países autosuficientes en producción de vacunas; teníamos científicos, laboratorios y experiencia. Después perdimos buena parte de esa capacidad, llegó una pandemia y salimos a comprar vacunas por el mundo. Comprarlas era indispensable; depender tanto del exterior, no necesariamente. Habíamos conseguido algo notable: pasar de fabricantes a clientes.
Corea del Sur eligió otro camino. Hace unas décadas era un país empobrecido por la guerra; hoy produce semiconductores, automóviles y tecnología que utiliza medio planeta. No fue un milagro: hubo educación, industria, empresas y decisiones sostenidas durante generaciones. Comprendieron algo elemental: para venderle tecnología al mundo, primero hay que aprender a desarrollarla.
Los números ayudan. En 2023, Corea del Sur destinó el 4.94 por ciento de su economía a investigación y desarrollo; México, apenas el 0.27 por ciento, 18 veces menos en términos proporcionales. Desde luego, gastar más no garantiza descubrir más, pero esperar resultados semejantes con esfuerzos tan distintos requiere una confianza extraordinaria en la suerte. Y la suerte, hasta donde sabemos, todavía no tiene departamento de investigación.
En Los cazadores de microbios, Paul de Kruif relata las aventuras de científicos que investigaban organismos invisibles. Pasteur estudió la fermentación y terminó transformando nuestra comprensión de las enfermedades. Imaginemos que alguien le hubiera exigido calcular de antemano cuánto dinero producirían sus descubrimientos; quizá habría sido más sencillo recomendarle dedicarse a vender vino. Por fortuna, la curiosidad científica no siempre solicita permiso a los contadores.
Hay algo entrañable en nuestra relación con el conocimiento: admiramos la tecnología alemana, los avances japoneses y los productos coreanos; los compramos, los utilizamos y celebramos su calidad. Después revisamos nuestras cuentas y concluimos que todavía no somos suficientemente ricos para invertir en ciencia. Queremos disfrutar los beneficios de una economía del conocimiento, siempre que alguien más se encargue de producirlo.
Por supuesto, invertir en investigación no significa repartir dinero sin criterio. Se necesitan instituciones sólidas, investigadores preparados, evaluación y continuidad, además de aceptar que algunos experimentos fracasarán. Investigar supone explorar lo desconocido; si todos los resultados estuvieran garantizados, no necesitaríamos científicos: bastaría con una buena oficina de compras. Y de esas, por fortuna, tenemos experiencia.
Durante años hemos preguntado cuánto cuesta invertir en ciencia. Quizá deberíamos calcular cuánto nos ha costado no hacerlo: cuántas empresas no nacieron, cuántas tecnologías no desarrollamos y cuánta riqueza dejamos de producir. Porque la ciencia no es un lujo de los países ricos, sino una de las razones por las que llegaron a serlo. Y tal vez nuestro ahorro más caro haya sido convencernos de que podíamos prosperar sin ella.
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