No hay peor ciego que el que no quiere ver
Lamán Carranza
Francis Bacon llamó “ídola tribus” a esa maña humana de acomodar la realidad hasta que coincida con lo que queremos creer. Decía que la mente se parece a un espejo chueco: recibe los hechos, pero los devuelve mezclados con deseos, prejuicios y conveniencias.
Alguien puede tener las pruebas enfrente y seguir aferrado a su versión. La falta de información dejó de ser el problema; lo que sobra es apego a lo que ya decidió creer. Explicarle, repetirle las cifras o enseñarle documentos sirve de poco.
¿Cómo se le explica algo a quien ha decidido no entender?
A quien no sabe se le puede enseñar: se le cuentan los antecedentes, se le muestran los datos y se responden sus preguntas. La ignorancia honesta siente curiosidad. El problema es aquel que convirtió su desconocimiento en certeza. Para él, cada explicación es una provocación; cada cifra, una molestia; cada corrección, un desafío a su autoridad.
Alguien así resulta desesperante y, cuando tiene decisiones públicas en sus manos, se vuelve obstinadamente estúpido. Resulta absurdo si dirige un organismo dedicado, por ejemplo, a la ciencia, donde deberían importar la evidencia, el análisis y los resultados, y al final termina mandando la ocurrencia, el prejuicio y la soberbia.
Entonces, los proyectos dejan de valorarse por lo que aportan. Importa quién los presenta, quién los recomienda o qué tan bien coinciden con lo que el funcionario quiere escuchar. Los datos incómodos se guardan; las voces que cuestionan se apartan, y la política pública termina convertida en un capricho con presupuesto y membrete oficial.
Lo más curioso es que quien vive frente a ese espejo nunca se considera ignorante. Confunde el cargo con el conocimiento y la posibilidad de decidir con la capacidad de comprender. Además, suele rodearse de personas dispuestas a darle la razón. Así, la ignorancia recibe aplausos, se vuelve cómoda y acaba presentándose como criterio.
Llega un momento en que explicar con evidencia deja de servir, pues quien necesita y quiere permanecer en su ignorancia siempre encontrará una excusa para rechazarla. Aceptar la evidencia implicaría reconocer que se equivocó, y algunas personas prefieren perjudicar un proyecto antes que corregirse a sí mismas.
Bacon buscaba que miráramos los hechos sin deformarlos con nuestros deseos. Cuatro siglos después, su advertencia sigue vigente: el poder no corrige la ignorancia; en algunos casos, la amplifica. Pero quien no quiere saber termina enfrentándose al juicio de los resultados, porque la realidad, tarde o temprano, rompe hasta el espejo más complaciente.
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