La ciencia de jugar en equipo
Lamán Carranza
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El triunfo de México por 2-0 sobre Ecuador dejó mucho más que una clasificación a la siguiente ronda. Fue un partido intenso, lleno de emociones y con momentos que mantuvieron a la afición al borde del asiento desde el silbatazo inicial.
La emoción fue tal que, tras el primer gol, incluso se registraron microsismos en la Ciudad de México provocados por el llamado "sismo futbolero": las vibraciones generadas por miles de aficionados celebrando al mismo tiempo. Un recordatorio de que el fútbol puede mover mucho más que emociones.
Pero, más allá del resultado, el encuentro también ofrece una excelente oportunidad para hablar de ciencia.
Cuando un equipo funciona como un solo sistema
Existe una disciplina conocida como ciencia de sistemas, dedicada a estudiar cómo interactúan las diferentes partes de un conjunto para lograr un objetivo común. Su principio fundamental es sencillo, pero poderoso: el todo es más que la suma de sus partes.
Pensemos en un ejemplo cotidiano. Imaginemos que alguien compra todas las piezas de un Ferrari: el motor, la transmisión, los frenos y cada uno de sus componentes. Aunque se trate de las mejores piezas del mundo, si simplemente se colocan juntas en un garaje, no existe un automóvil. Solo hay un conjunto de componentes de gran valor. El Ferrari cobra vida únicamente cuando todas esas piezas se ensamblan y trabajan de manera coordinada.
En el fútbol ocurre exactamente lo mismo.
La importancia de la cohesión
México salió al terreno de juego con un planteamiento táctico bien definido: cuatro defensas, tres mediocampistas y tres delanteros. Sin embargo, un esquema dibujado en una pizarra no garantiza el éxito por sí solo.
Lo que realmente marca la diferencia es lo que la psicología del deporte conoce como cohesión de tarea: la capacidad de un grupo para mantener un objetivo compartido y ejecutar funciones específicas incluso bajo condiciones de máxima presión.
Cuando Ecuador presionaba, México mantuvo el orden. Cuando era necesario abrir el campo, aparecían los espacios adecuados. Cuando tocaba defender, todos interpretaban la misma señal.
No se trata únicamente de que los jugadores tengan una buena relación entre ellos, sino de que comprendan perfectamente cuál es su responsabilidad en cada momento del partido.
Decisiones tomadas en segundos
El primer gol fue el resultado de una cadena de acciones perfectamente sincronizadas: un pase preciso, un desmarque oportuno y un remate ejecutado en el instante exacto.
Detrás de esa jugada hubo coordinación, percepción espacial, comunicación y una enorme capacidad para tomar decisiones en fracciones de segundo. El cerebro humano procesa una gran cantidad de información durante una acción deportiva de alto nivel, seleccionando casi de forma instantánea la mejor respuesta posible.
El segundo gol también tuvo un componente psicológico importante. Cuando un jugador responde en un momento decisivo, no solo modifica el marcador; también fortalece la confianza del resto del equipo.
La seguridad es contagiosa. Cuando un grupo observa que uno de sus integrantes mantiene la calma, insiste y resuelve bajo presión, aumenta la confianza colectiva y mejora el desempeño del conjunto.
Mucho más que talento individual
La victoria no fue únicamente consecuencia del talento de sus jugadores. Fue el resultado de un equipo que supo mantener el orden, comunicarse eficazmente y ejecutar una idea compartida durante los noventa minutos.
Esa misma lógica aplica fuera del deporte.
En cualquier organización, empresa, escuela, familia o proyecto, los mejores resultados rara vez dependen de una sola persona. Surgen cuando cada integrante comprende su papel, confía en los demás y trabaja con un objetivo común.
Al final, la ciencia confirma algo que el deporte demuestra una y otra vez: los grandes logros no suelen ser obra de individuos aislados, sino de equipos capaces de funcionar como un solo sistema.
Y si sí?
Y si la selección mantiene esa mentalidad, quizá el sueño mundialista ya no se vea tan lejos.
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