Cómo cumplir tus propósitos de Año Nuevo
Lamán Carranza
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Hoy quiero empezar con una pregunta sencilla, pero incómoda:
¿Cómo van esos propósitos de Año Nuevo?
Estamos en ese punto del año donde la realidad empieza a tocar la puerta. Enero siempre llega con una promesa seductora: la ilusión de que cambiar el calendario nos da, automáticamente, la oportunidad de ser otra persona.
Sentimos que hay un “borrón y cuenta nueva” para ordenar la vida, el cuerpo, las finanzas, la mente… todo al mismo tiempo.
Nadie hace listas tan ambiciosas como en los primeros días del año: queremos comer mejor, hacer ejercicio, leer más, ahorrar, ser más productivos, dormir mejor y, si se puede, cambiar de vida.
Durante unos días, esa energía inicial nos sostiene. Pero luego… ¿Qué pasa?
Pasan las semanas, la rutina aprieta, el cansancio aparece y, para febrero, cerca del 80% de las personas ya abandonaron sus propósitos.
Y aquí cometemos el error más común: la culpa.
Nos decimos: “Me falta fuerza de voluntad”, “no soy disciplinado”, “no tengo constancia”.
Pero tengo una buena noticia: el problema no eres tú.
El problema es el diseño de tu estrategia.
Desde la neurociencia sabemos algo fundamental: el cerebro es un ahorrador de energía.
La fuerza de voluntad no es infinita; funciona como una batería que se va agotando.
Cada vez que tienes que convencerte de ir al gimnasio, de no comer ese pan dulce o de sentarte a trabajar, estás gastando esa batería.
Y cuando los objetivos son gigantes, vagos o mal definidos, el cerebro se satura.
¿Y qué hace un cerebro cansado?
Regresa a lo conocido. A lo automático. A los viejos hábitos.
Entonces, si la fuerza de voluntad se agota, ¿cuál es la alternativa científica?
Dejar de depender de la motivación y empezar a depender de los sistemas.
El cambio real no se construye con intensidad, sino con repetición.
Y aquí entra una herramienta poderosa: los microhábitos.
En lugar de decir “voy a leer más”, di:
“Voy a leer una página antes de dormir”.
En lugar de “voy a hacer una hora de ejercicio”, di:
“Voy a caminar 15 minutos”.
Acciones tan pequeñas que tu cerebro no tenga que discutirlas.
¿Por qué funciona esto?
Porque cada vez que cumples esa acción mínima, tu cerebro libera dopamina, el neurotransmisor de la recompensa.
Esa pequeña señal le dice: “Esto funcionó, repitámoslo”.
Ahora, hay un segundo factor clave que solemos ignorar: el entorno.
No vivimos en el vacío. Somos profundamente influenciables.
La ciencia lo confirma: el entorno gana casi siempre a la voluntad.
Si quieres adoptar un buen hábito, hazlo fácil:
Deja la ropa deportiva lista, pon el libro sobre la almohada, ten la fruta lavada y visible.
Y si quieres eliminar un mal hábito, hazlo difícil:
Deja el celular fuera del cuarto, no compres lo que sabes que te sabotea.
No se trata de resistir tentaciones.
Se trata de no ponerlas frente a ti.
No fallas por falta de voluntad.
Fallas por no haber diseñado un sistema que trabaje a tu favor.
Queridos lectores: este año no intenten cambiar su vida con promesas gigantes que dependen del ánimo del día.
Cambien la estrategia.
Diseñen sistemas pequeños, repetibles y sostenibles.
Porque el cambio verdadero no ocurre de golpe ni se siente épico.
Ocurre cuando una acción mínima se repite hasta volverse inevitable.
No se trata de reinventarse.
Se trata de construir, todos los días, una versión de ti con pequeñas acciones.
El cambio no necesita motivación: necesita repetición.
Si haces lo pequeño, y ejecutas acciones simples a diario, tu vida no tiene otra opción más que cambiar.
No cambias tu vida cuando te motivas.
La cambias cuando una acción pequeña se vuelve imposible de no repetir. Las pequeñas acciones generan verdaderos y grandes resultados.
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