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La ciencia del amor

La ciencia del amor | Láman Carranza
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Ciencias
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Lamán Carranza
February 18, 2026

El sábado pasado celebramos el Día del Amor y la Amistad y seguramente hubo de todo: personas que lo pasaron en pareja, otras con amigos y también muchas que decidieron darse algo muy valioso: su propia compañía.

Pero hoy quiero invitarlos a mirar el amor desde un ángulo distinto, porque detrás de los chocolates, las flores y los mensajes hay algo que pocas veces pensamos: el amor también es ciencia.

Todos lo hemos sentido alguna vez. Imaginen este momento: Ves a alguien que te gusta y, de pronto, el corazón empieza a latir más rápido. Sientes esas famosas mariposas en el estómago, te cuesta concentrarte y aunque no lo notes, tus pupilas se dilatan. No es casualidad, es tu cerebro trabajando. En ese instante se libera dopamina, la sustancia del placer y la motivación. También aparece la oxitocina, la hormona que genera apego y confianza, y participa la serotonina, que regula el estado de ánimo. Un triángulo amoroso, del bueno.

Por eso el enamoramiento puede sentirse como una mezcla de euforia, obsesión y tranquilidad al mismo tiempo. En otras palabras, cuando alguien dice “me movió el corazón”, en realidad lo que se activó fue su cerebro.

Pero el amor no surgió solo como una emoción romántica. Desde la evolución, fue una estrategia de supervivencia. Formar vínculos permitió que los seres humanos cooperaran, se protegieran y criaran juntos a sus hijos. Las personas con lazos afectivos fuertes tenían más probabilidades de sobrevivir, y ese mecanismo sigue activo hoy. La ciencia ha demostrado que quienes mantienen relaciones cercanas tienen menos estrés, mejor salud mental y hasta mayor esperanza de vida. En términos biológicos, el amor es un protector de vida.

Sin embargo, queridos lectores, la forma en que vivimos el amor está cambiando. Hoy, por primera vez en la historia, el amor también pasa por algoritmos. Aplicaciones analizan gustos, hábitos y comportamientos para sugerir posibles parejas. La inteligencia artificial ya puede predecir compatibilidades emocionales con una precisión sorprendente.

Y esto nos lleva a un ejemplo que muchos recordarán: la película Her. En ella, un hombre termina enamorándose de un sistema operativo, una inteligencia artificial que lo escucha, lo comprende y le responde emocionalmente. Lo que hace unos años parecía ciencia ficción hoy empieza a ocurrir en la vida real. Cada vez más personas desarrollan vínculos afectivos con asistentes virtuales, y esto plantea una pregunta fascinante: ¿puede la tecnología reemplazar el amor humano?

La ciencia dice que no, porque un algoritmo puede analizar datos, pero no puede sentir. Puede sugerir coincidencias, pero no puede generar conexión. Puede optimizar probabilidades, pero la decisión de amar siempre será humana.

Y ahí está la clave, la tecnología puede acercarnos, ayudarnos a encontrar personas, pero el amor sigue siendo una experiencia profundamente biológica y emocional. Es química, es historia compartida, es vulnerabilidad y, sobre todo, es una elección.

Tal vez por eso, en esta era de inteligencia artificial, el verdadero reto no es que las máquinas se vuelvan más inteligentes. El verdadero reto es que nosotros no olvidemos algo esencial: nuestra capacidad de conectar, de cuidar y de sentir. Porque al final, incluso en un mundo lleno de algoritmos, el amor sigue siendo lo más poderoso que existe.

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