La estrella de Belén
Lamán Carranza
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Hoy quiero invitarlos a un viaje en el tiempo; vamos a retroceder dos mil años para analizar uno de los mayores enigmas de nuestra cultura: la Estrella de Belén.
Todos tenemos esa imagen grabada, una luz con estela sobre un pesebre que aparece en el Evangelio de Mateo, en el arte y en la punta de cada árbol de Navidad, pero si quitamos por un momento el filtro de la tradición, lo que queda es un misterio científico fascinante. ¿Qué fue realmente lo que vieron esos hombres en el cielo de Oriente?
A menudo los llamamos “Reyes Magos”, pero la historia nos cuenta algo distinto: eran sabios de Mesopotamia, específicamente de Babilonia, los astrónomos de su época.
Imaginemos su realidad por un segundo; eran hombres que pasaban noches enteras en torres de observación, registrando en tablillas de arcilla cada parpadeo de los astros. Tenían mapas celestes tan precisos que hoy todavía nos asombran y para ellos, el cielo era un libro abierto.
Por eso, cuando algo cambió en la rutina del cosmos, no lo vieron como una casualidad, sino como una señal. No buscaban una luz que les hablara de forma mágica, buscaban una configuración matemática que anunciara un cambio de era.
Durante siglos hemos intentado ponerle nombre a ese fenómeno, pero las piezas no siempre encajan. A veces imaginamos un cometa, pero en aquel entonces, los cometas daban miedo, eran anuncios de tragedias y nadie cruzaría un desierto siguiendo un presagio de mala suerte. También se habla de una supernova, esa explosión colosal de una estrella, pero los astrónomos de la época no notaron nada parecido. El cielo estaba en calma.
Entonces, ¿qué nos queda?
La respuesta es mucho más sutil y elegante: un encuentro de planetas. Imaginen a Júpiter y Saturno acercándose tanto en el firmamento que parecían bailar. Para estos sabios, Júpiter representaba la realeza y Saturno la justicia. Al verlos abrazarse en el cielo, no vieron un simple brillo, leyeron un mensaje: “Un rey justo está por nacer”.
Más allá de los planetas, esta historia sobrevive porque representa la curiosidad humana. Es el relato de personas dispuestas a abandonar la comodidad de sus hogares para seguir una idea, cruzando desiertos basándose solo en lo que el universo les dictaba.
Esa estrella es el puente entre la ciencia más antigua y la esperanza más profunda; un recordatorio de que siempre hemos buscado respuestas en las luces del cielo para guiar nuestro camino.
Lalo, queridos radioescuchas, esta noche, cuando la cena esté servida y el brindis esté cerca, los invito a salir un momento al patio o al balcón. Miren hacia arriba. El cielo que vemos hoy es el mismo mapa que guiaba a los sabios hace siglos.
Quizá no veamos una alineación planetaria única, pero el universo siempre tiene algo que contarnos si estamos dispuestos a observar.
Que tengan una Nochebuena llena de luz y una muy Feliz Navidad.
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